Fangio y Moss. Una amistad que trascendió las pistas




Stirling Moss compartió una amistad con Juan Manuel Fangio que duró 45 años. En ese interín fueron compañeros de equipo en el equipo Mercedez Benz en 1955 y fueron camaradas en varios encuentros de homenajes durante décadas. Compartimos un fragmento de una nota que Sir Stirling escribió para Reader´s Digest







Era una de mis primeras grandes competiciones en el extrangero: el Gran Premio de Italia de 1950, que se corrió en la ciudad de Bari bajo un sol enceguecedor. Tenia apenas 20 añoos y conducía un HWM de dos litros, un auto de muy poca potencia.



Me percaté de que me iban a sacar una vuelta de ventaja cuando vi aparecer en los espejos el Alfa Romeo rojo del campeón italiano Nino Farina. Al llegar a una curva, me empezó a rebasar y a cerrar el paso; asi que, O frenaba yo o chocaba contra el muro. Sin embargo, Farina se abrió un poco más de lo debido y fue él quien tuvo que disminuir la velocidad. Entonces tomé el carril interior y me volví a adelantar.



Mi momento de gloria no duró mucho. Con sus más de 260 caballos de fuerza, Farina pasó rugiendo junto a mí en la recta. Detrás venía el argentino Juan Manuel Fangio. Cuando me dio alcance, volvió la cabeza y me sonrió. Era señal de que había disfrutado el incidente, y también el inicio de una entrañable amistad.



Treinta años después de su retiro, su presencia aún calaba hondo en el ánimo de la gente. Corredores que ni siquiera habían nacido cuando é1 abandonó las pistas se apiñaban a su alrededor. ¿Qué tenía Fangio de especial? Sin duda, su gran estatura moral: un sentido del honor rara vez visto entre los deportistas de hoy. Por mi parte, conocí a un hombre que casi alcanzó la perfección en su oficio y que, no obstante su grandeza, jamás perdió la humildad. 



Siguió viviendo modestamente con su familia. En la Navidad de 1993 fui a visitarlo. Aprecié un brillo de alegría en sus ojos cuando me senté a su lado. 

-Una de las cosas buenas de nuestra profesión-me dijo-son las amistades que se forjan y mantienen aunque pasen los años. 



Luego, en julio de 1995, me llegó la noticia de su muerte y fui a verlo yacer en la capilla ardiente en el Museo del automovilismo  construído en su honor en Balcarce. Más tarde, mientras trasladábamos el ataud al cementeterio, la gente se aposto en las calles en enormes filas bajo el sol invernal. Muchos lloraban o extendían la mano para tocar el féretro.



Siempre tendremos enormes pilotos, pero creo que nunca habrá en nuestro deporte un hombre que se comporte como un embajador del automovilismo, un hombre que demuestre cómo se puede ser humilde y a la vez tan grande. Nadie fue ni será igual a Juan Manuel. Yo me consideré un afortunado al haber podido correr con él y contra él.



En un documental sobre la vida de Gilles Villeneuve, Fangio y Moss grabaron un divertido diálogo con algunas de sus mejores anécdotas.









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