domingo, 10 de agosto de 2014

1.000 días sin carreras en el “Fangio”

Desde el 13 de noviembre de 2011 hasta hoy, pasaron mil días de inactividad motor en el autódromo balcarceño. Solo hubo eventos extra automovilísticos. A 999 días de esa tragedia renace la esperanza de un nuevo autódromo y la posibilidad de volver a rugir.

(ESCRIBE MARTIN RODRIGUEZ - ACCIÓN5) Desde su inauguración el autódromo Juan Manuel Fangio ha sido un ícono dentro de la provincia de Buenos Aires. No solo por el sopeso de su nombre, sino por su particular geografía, única en nuestra provincia y poco común en nuestro país. No es común plantar un circuito técnico en medio de un suelo totalmente inepto para este tipo de obras, mucho menos si ese sector está en subida permanente y a una altura importante sobre el nivel del mar. Pero para comprender lo que significó encarar esa obra de magnitud, quizás la más ambiciosa jamás conocida por el pueblo de Balcarce, hay que remontarse a casi 50 años atrás, cuando el Fangio, no era más que yuyos peligrosos y morada de alimañas.


Imaginen que pensó el “Chueco” en 1966 cuando pegó una recorrida por el desolado paisaje serrano sorteando esos yuyos peligrosos. Imaginen su mirada distante en ese suelo intransitable, precámbrico y arcilloso de más de 2.000 millones de años de existencia. ¿A qué paisano se le hubiera ocurrido edificar allí?, ¿Por qué no en otro lugar. ¿Que une a la pasión fierrera con ese suelo virgen y desparejo? En esa primavera centenaria del Partido de Balcarce, Fangio debe haber sentido el mismo escalofrío del 28 de octubre de 1951 en Pedralbes, poco antes de correr la final que le daría su primer título. Ese miedo a encarar… El “Chueco” dudó antes de empezar, y al final, ganó esa batalla, solo; él y su talento.

Con esa misma duda, el mismo encaró el proyecto. Se asesoró, recorrió lugares similares y dio con dos arquitectos que se interesaron por el desafío. Tres años después ya estaba el anteproyecto. La misión le fue encargada a los ingenieros sanjuaninos José Romano Petrini y Alberto Olivera, quienes contaban con la fresca experiencia de construir un autódromo de similares características en la Quebrada del Zonda (San Juan). Fangio los había conocido en la inauguración de ese circuito, en octubre de 1967. Los ingenieros se ajustaban a los consejos del “Chueco”, que si bien, no conocía mucho de ingeniería, sabía cómo adecuar el circuito a la dinámica de los pilotos. El resultado: un dibujo único, una joya de 4.592,44mt.

Casi en paralelo a la construcción del Autódromo, se conformó la comisión Pro Socios Fundadores del autódromo “Ciudad de Balcarce”, compuesta por más de 3.400 vecinos que aportaron el dinero restante para culminar la obra, que aunque muy acelerada, no llegaba a los plazos previstos. En la última etapa, entre fines de noviembre del ’71 hasta su fecha de apertura, el trabajo, sudor y esfuerzo dejado en La Barrosa, fue titánico. Finalmente, el gran día llegó: 16 de enero de 1972. El autódromo vio la luz, y el paredón serrano empezó a mostrarse como algo cotidiano. Nunca en su historia, la sierra había juntado a tanta gente. Era la primera vez que miles de balcarceños presenciaban una carrera de autos en Balcarce.

Se trajo para ello a una categoría plena de palmarés, llamada Sport Prototipos, que venía aquí a cumplir con la segunda fecha del campeonato puntuable de 1972. Y lo hizo, con dos interminables series, sumada a una tediosa final, donde solo los punteros se daban batalla. La carrera no estuvo a la altura del acontecimiento pero quedó en la historia. Ganó John Hine, un robusto inglés de largas patillas y mirada clara, que se impuso a bordo de un Chevron B19 azul, a 165,883 km/h. Segundo terminó, aunque disconforme con el circuito, el brasileño José Carlos Pace (AMS) mientras que el sueco Joakim Bonnier (Lola T212), fue tercero. Después se desató un chaparrón tan recordado como la carrera misma.

Luego tuvimos Fórmula mecánica nacional, Fórmula 2, Fórmula 3, Sidecars, Moto GP, Campeonato Argentino de pilotos, TC 2000 y Turismo Carretera. También el zonal, varias categorías nacieron en el Fangio, que hoy siguen y estoy seguro que añoran correr. El destino nos jugó una mala pasada aquel 13 de noviembre de 2011, La carrera debía terminar 50 segundos antes. Lo recuerdo bien: El sol primaveral calentando la pista. Última vuelta. Estábamos en la olla sacando fotos, pasó Giallombardo y luego Guido que me saludó con lengua de fuego, como un “ya vuelvo hermano”. A la salida del puente Lionel Larrauri, que venía rezagado se llevó puesto el paquete de gomas. Se desparramaron.

La “rana” alcanzó a esquivarlas y seguir. Guido no. El Ford se desestabilizó, Ortelli lo rozó y se fue al costado, las gomas lo devolvieron a pista. Girolami, Pernía, Castellano venían como misiles. El “Bebu” se lo llevó puesto. El final. A partir de allí se tejieron opiniones de todo tipo, algunas intrascendentes, otras para tomar en cuenta, pero comenzó la vigilia. Nunca más, desde aquel día, hubo carreras en el Fangio. Solo unos pocos eventos que aunque buenos, no tienen nada que ver con el fin que se construyó. El lugar se fue descuidando y hasta pasó a ser un problema de estado. Tejió un manto de suspenso la causa, más tarde determinada “como accidente”, pero nos aterra una posible apelación.

 A 999 días de aquella tragedia, pareció llegar una solución: los recursos necesarios para dotar de seguridad al autódromo. Mazzacane dio el OK al intendente y parece ser un hecho el entubamiento, algo hecho a medias para la carrera pasada y que hoy por hoy es tendencia mundial. De la inversión poco se sabe, pero el intendente estimó unos diez millones de pesos. “La semana pasada tuve reuniones con el Ministerio de Desarrollo Social y elevamos un proyecto que permite que la obra sea generada por Cooperativas, las cuales capacitan y dan fuentes de trabajo. Entre el viernes pasado y martes último firmamos el contrato”. En 40 días comienzan a trabajar. Los motores siguen silenciosos. La esperanza pone primera.

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